Álvaro de Adamuz

He encontrado varias copias digitalizadas de la obra  titulada “Historia y Milagros de Nuestra Señora de la Peña de Francia. Nuevamente añadida la Tercera parte, y otros muchos milagros nuevos juntamente con las indulgencias concedidas a los cofrades, y a las personas que visitan la dicha Imagen”.  La que me ha servido de base para la publicación data del año 1614.

Según J. Carlos Vizuete Mendoza  en su obra «Los relatos de milagros, de la tradición oral al registro escrito en Montserrat, Guadalupe y la Peña de Francia» , los orígenes de las colecciones de milagros marianos se encuentran en la tradición literaria europea desde el siglo XI. «Durante la etapa final de la Edad Media los grandes santuarios hispanos, muchos de ellos centros de peregrinación, comenzaron la compilación de relatos de milagros atribuidos a la intercesión de Santa María bajo la advocación de cada uno de ellos tal como narraban los devotos que acudían al santuario a dar gracias por el favor recibido, y desde el primer tercio del siglo XVI la imprenta permitió la difusión de estos relatos, no ya los generales de los repertorios medievales sino los particulares de cada santuario».

Este es el caso del libro que nos ocupa y que consta de tres  partes divididas a su vez en varios capítulos.

La primera parte narra la historia de cómo se instituyó la advocación a la Virgen de Nuestra Señora de la Peña Francia.

En la segunda parte se trata de “los milagros que el Señor en diversos tiempos ha obrado en muchas personas, por se haber encomendado a nuestra Señora en su imagen devotísima de la Peña de Francia” y la tercera parte son milagros nuevamente añadidos a esta edición.

Dentro de la segunda parte hay un capitulo, el III, que habla de «los cautivos que han sido librados de tierra de Moros, a invocación de Nuestra Señora en su imagen devotísima de la Peña de Francia» y como primera narración encontramos la historia que nos interesa sobre Álvaro de Adamuz  que debe datarse entre los años 1246 (año de la toma de Jaen por Fernando III ) y 1485 (año de la toma de Cambil por los Reyes Católicos)  y que aquí se reproduce:

«De cómo fue sacado un cautivo de tierra de Moros, natural de Adamuz.

Un mancebo que se llamaba Álvaro de Adamuz, natural de el lugar de Adamuz, se fue de casa de su padre Álvaro López con enojo, y fuese a Córdoba: y estando allí, supo cómo su padre sabía dónde  estaba; y por esto acordó de irse a Jaén, donde asentó con un alguacil; que llamaban Hernando de Alconchel. Y cuando este mancebo iba de Córdoba a Jaén, halló en el camino un procurador que nuestra Señora de Francia, el que le fue contando por el camino muchos milagros de los que nuestra Señora hacía en su imagen, y el cobró mucha devoción y amor a nuestra Señora, y hizo este mancebo toda la costa al dicho procurador. Otro día siguiente se apartaron el uno del otro, cada uno para donde iba, y al tiempo de su apartarse dijo el procurador al dicho Álvaro, yo os aconsejo, pues vais a esa tierra cerca de Moros, que si en algún peligro os vieredes, que siempre os acordéis de nuestra Señora de la Peña Francia, y creedme que por ella seréis ayudado y librado.

Dichas estas palabras, luego se partieron el uno del otro. Viniendo el dicho Álvaro a Jaén, puesto con el sobredicho alguacil, acordó de ir él y otros tres mancebos a ver que tierra era aquella que estaba hacia Granada: y andando cerca del termino de Cambil, salieron a ellos ocho Moros gandules, o rufianes, de una sierra muy brava, bien armados: los cuales pelearon muy fuertemente con ellos y vencieron y prendieron a todos cuatro, y les ataron las manos atrás, y los llevaron al castillo de Cambil y cuando los llevaban, se soltaron en el camino dos de ellos, y acogiéronse a una sierra que nunca los pudieron alcanzar: y a él, y al otro que quedaron, los llevaron a Cambil, donde les echaron luego grillos a los pies, y cadenas a las gargantas. Después hubo gran diferencia entre los que los llevaron presos y, el alcaide, sobre cuyos serían los cautivos: y finalmente se concertaron, que uno fuese de ellos y otro del alcaide. Y quiso su dicha de Álvaro, que el cupo al alcaide, el cual se llamaba Gibre. Y no contento con las prisiones que Álvaro tenía echole otras muy más crueles: y así preso le hacía moler trigo cada día, desde la mañana hasta la noche en una tahona de brazo, y sobre todo su trabajo, dábanle muy mal de comer. A su compañero que se llama Cristóbal le compraron unos Moros que vinieron allí de Málaga, y dieron por el veinte doblas, y un caballo, y una adarga y una toca Morisca, y un capuz, y luego lo llevaron que no supo más del.

Después de vendido Cristóbal, los Moros que lo vendieron, quisieron partir lo que les habían dado, y nunca se concertaron hasta que riñeron y se dieron de cuchilladas, de manera que murieron los de ellos. Álvaro quedose con el Alcaide, sufriendo mucho mal que le hacía, y muy gran trabajo que le daba, sobre todo muy mucha hambre: y viendo tanto mal como pasaba, atreviose un día a decirle. Señor si vos queréis que trabaje, mandadme dar de comer, que cuando yo vine a vuestro poder traía buenas fuerzas y ahora no puedo hacer nada. Oyendo esto el dicho alcaide su amo, tomó un palo y arrojósele a la cabeza; y descalabrole. Cuando él se vio descalabrado, y corriendo sangre comenzó a decir: Señora Virgen María de la Peña de Francia, valedme. A esto le preguntó su amo, que qué decía. Y respondió: Yo llamé a Santa María de la Peña de Francia, que me valiese, a la cual plega de me sacar presto de vuestro poder. Y su amo le dijo: Serte ha mejor dejar esa ley de perros Cristianos, y ser buen Moro: y si lo hicieres yo te ahorrare y hare mucho bien, y te casaré con una gentil Mora mi parienta. A esto Álvaro no respondió, porque tenía harto que hacer en tomar la sangre que le corría de la herida. Otro día luego siguiente, lo hizo su amo venir delante de si, y le pregunto si estaba ya mejor de la descalabradura: y el respondió: No estoy bueno: empero yo tengo tal esperanza en nuestra Señora de la Peña de Francia, que ella me sanara y sacara presto de vuestro poder. A esto respondió su amo: Ya te dije ayer que dejes esa mala ley que tienes, y que seas buen Moro, Y yo te enviaré a Granada, para que allá te circuncides y rayas el rostro, y haré por ti todo lo que te dije. Y allende de esto le dijo otras muchas cosas. Y Álvaro le respondió: Yo nunca tal cosa haré, ni plega a Dios ni a la Virgen María que tal cosa pase: aunque me diesedes toda Granada con su tierra: seriaos a vos mejor, que sois ya viejo, que os tornásedes Cristiano, y perdonaros ha Dios vuestros pecados, y iriades al Paraíso, que es descanso que dura para siempre, y renegad de Mahoma. A todas estas palabras estaba presente un hijo de su amo, hombre mancebo, el cual le dio luego delante su padre cuatro o cinco puñadas en el rostro, y lo quería ahogar. Entonces dijo el dicho Álvaro. Señora Virgen María de la Peña de Francia, a Vos me encomiendo, que os plega Señora de me valer, y sacarme de este trabajo, y llevarme a vuestra casa de la Peña de Francia. Entonces le dijo el hijo de su amo, aquel que le dio las puñadas: O perro traidor, de Mahoma decís mal. Y alabáis a vuestra Santa María? Y diole otra puñada muy grande. Y a todo esto su amo no decía nada, ni le hablo de ahí a cuatro días, porque se fue a otro castillo: y después volvió y su hijo con él. Y un día estando cenando, le hizo llamar, y traer delante de si, y le preguntó: Estas ya sano de la cabeza y el respondió: Ya bendita sea la virgen María de la Peña de Francia que me sanó, en la cual tengo yo Fe, que me sacará presto de vuestro poder, entonces aquel hijo de su amo le quería quebrar los ojos a higas, diciendo: Toma para ti, y para esa que dices que te ha de llevar de aquí de nuestro poder: y entonces diciendo esto, le dio una gran bofetada en el rosto: y su padre y todos cuantos allí estaban se rieron de ver cuán cruda se la había dado. Hecho y pasado esto, diéronle de cenar:, y después que cenó dijo su amo: Tenedme dos de vosotros muy bien à Álvaro: y así lo pusieron, aunque por fuerza, que de otra manera no podían: entonces tomó su amo una navaja, y dijo: yo quiero circuncidar a Álvaro, porque sea muy buen Moro de aquí adelante: y sin ninguna vergüenza le tomó con la mano para circuncidarle. Cuando el Católico y firme Cristiano Álvaro se vio así, y que su amo tenía la navaja en la mano, y un bacín grande allí, y una toalla, y sal y ceniza, y un libro todo puesto delante de si, hubo muy gran temor y dijo a su amo: Señor que queréis hacer?  Catad que es cosa vergonzosa para vos lo que queréis hacer, y muy gran suciedad y, vileza tenerme de la manera que me tenéis.  Oyendo su amo estas palabras, tiro muy recio de donde le tenía, y dejole: de lo cual el sintió muy gran dolor. Un mancebo Moro que allí estaba lo dijo luego: Haced esto que os dice el señor y iros ha bien, sino ya veis en qué estado estáis. El respondió: Curad vos de vuestra ley, y dejadme a mí. Y aquella noche le mandaron ir a velar una torre con otros, donde se le acordó de los milagros que le había contado el procurador de nuestra Señora de Francia, cuando iba de Córdoba a Jaén. Entonces con mucha Fe y devoción se encomendó à nuestra Señora de la Peña de Francia, y le prometió ayunar toda su vida los Sábados a pan y a agua, y de venir à la Peña de Francia en romería, y de servir un año y medio en su obra: entre otras palabras que dijo a nuestra señora le dijo estas. Señora virgen María a vos me encomiendo, que os plega de me oír, y sacar de aquí, porque el diablo no me venza, que soy humano y muy flaco en el servicio de Dios, y estos Moros perros me fatigan mucho, y no querría, ni plega a Dios que ellos me venzan con sus malas palabras, y me muden de mi buena intención. O Señora valedme, porque pueda yo ir a la vuestra devota y bendita casa de la Peña de Francia. Y en toda la noche no pudo dormir, pensando en aquello que su amo le había hecho: pero ya cerca de la mañana fatigado del sueño y del trabajo se durmió. Y quiso nuestro Señor por ruego de su bendita Madre, que cuando otro día despertó, hallose con sus grillos y cadenas, así como allá estaba, en par de un lugar que se llamaba Pegalajar una legua de Jaén. Cuando él se vio allí con sus grillos y cadenas espantose mucho y estuvo por gran rato fuera de sí: y después que volvió en sí, encomendose mucho a Dios, y a su bendita madre, y hizo la seña de la Cruz delante de si, y puso las rodillas en el suelo, y dijo cuatro, o cinco veces el Ave María: y de allí se fue poco  a poco con sus grillos y cadenas para Jaén: y llego a la hora de Misa mayor. Llegado a Jaén fue a ver a su amo el alguacil: y contole todo cuanto había acontecido con los Moros en Cambil, y como, y de qué manera había salido, y como maravillosamente nuestra Señora lo había librado, y como se había encomendado a nuestra Señora de la Peña de Francia, y le había prometido servir un año en su obra. Cuando el alguacil Hernando de Alconchel le vio así con sus grillos a los pies y cadenas a la garganta, y le oyó contar como se había librado, fue muy maravillado, y dijo a los que presentes estaban: Señores mayor milagro nunca fue hecho por hombre vivo como este. O bendita sea la Virgen María, que así socorre a los pecadores, aunque nosotros no lo merecemos. Dichas estas palabras, tomole consigo y llevole a la plaza, para que todos le viesen y oyesen: y de la plaza le volvió a su casa y le quitó los grillos y cadenas, y le dio de comer con mucho placer. Luego otro día se partió con licencia de dicho alguacil su amo a cumplir su voto y romería: y al tiempo de la partida le dio dicho alguacil una dobla de lavanda, para que la ofreciese a nuestra Señora de la Peña de Francia para ayudar a su obra: y así vino a cumplir su voto y romería, y trajo los grillos y cadenas a cuestas, y en llegado a la casa  después que hizo oración, luego hizo información como venía, y a que venía, y como maravillosamente lo había librado nuestra Señora por que se había encomendado a ella muy devotamente en la su casa de la Peña Francia: y luego ofreció la dobla, y colgó los grillos y cadenas delante del altar de nuestra Señora, y juró en forma todo lo sobredicho ser verdad, y comenzó a servir según había prometido, y lo continuó  todo el tiempo que fue su promesa».

Vizuete Mendoza da por buena en su obra la forma en la que los relatos llegan hasta el Monasterio y que  la obra no hace más que recoger aquellas historias que cuentan los beneficiarios de los milagros de la Virgen . En este caso Alvaro de Adamuz cumple su promesa y peregrina al Monasterio de Nuestra Señora de la Peña Francia para agradecerle los favores recibidos.

En cualquier caso el relato tiene la moraleja del premio a aquel que se mantiene fiel a sus ideas y principios, mas allá del odio entre religiones que se trasluce en todo su desarrollo.

Si quieres ver la obra original pulsa el enlace: Historia y Milagros de Nuestra Señora de la Peña Francia.